Esta historia es un recuento de algo que me sucedió cuando tenía siete años. Con el transcurso del tiempo, me he dado cuenta de que es imposible que esta historia sea real, pero aun así no me puedo sacudir la sensación de que quizá lo sea.

Pasó en Tokio, en una estación del metro. Estaba parado junto a mi padre cuando vi el demonio, una criatura monstruosamente alta y peluda, con alas negras curtidas y un hocico como el de un oso hormiguero. Lo debí de haber observado por más o menos diez minutos antes de que al fin hablara, con un murmullo leve que claramente solo fue pronunciado para sus oídos.

—Este humano me está sacando de quicio —dijo—. Es como si me estuviera viendo.

—Sí te estoy viendo.

El demonio casi dio un brinco del susto.

—¿Puedes verme?

—Sí. ¿Los demás no pueden?

—A menos que estén en la quinta dimensión, no.

—¿Estoy en la quinta dimensión?

—Tu mente debe de haber divagado hasta aquí. ¿En qué estabas pensando antes de verme?

Lo medité por un momento, y luego sonreí.

—Trenes.

—Ah, pues los trenes son el vínculo entre nuestras dimensiones. Supongo que tu mente simplemente te trajo por error. Eso, o te estás volviendo loco.

—No quiero quedar loco.

—Estar loco es algo bueno en la quinta dimensión.

Me reí.

—¿Tienen líneas de metro en la quinta dimensión?

—Por supuesto. ¿De qué otra forma iríamos a trabajar?

—¡Tú tienes alas!

—Sí, pero ¿quién quiere ir volando? Tomar el metro es mucho más rápido, y si vuelo hasta el trabajo, estaré todo sudoroso cuando llegue.

—¿Entonces para qué usas tus alas?

—Las pongo sobre mi cabeza cuando llueve.

—¿Me enseñas?

—Claro.

Mi cabello se sacudió cuando abalanzó sus enormes alas por encima de su cabeza. Me reí de nuevo.

—Eres gracioso.

El demonio se rio también, pero entonces su expresión cambió.

—¿Estás bien? Te ves triste.

—Sí, sí —respondió, sin verme, enfocándose en algo detrás de mí—. Dime, ¿te gustaría ver un truco de magia?

—Bueno.

El demonio se acercó y empezó a sacar un pañuelo multicolor de su hocico. Debió de haberse jalado cinco metros antes de que se le acabara.

—Eso fue gracioso.

Reí de nuevo, pero me detuve cuando me di cuenta de que ya no estaba sosteniendo la mano de mi papá.

Vi alrededor y noté que la estación del metro había desaparecido, siendo reemplazada por una pradera con vegetación exuberante que estaba repleta de trenes antiguos.

—Ya no puedo ver la estación…

—Descuida. A veces es mejor ver lo que no está presente, en vez de lo que sí.

—¿A qué te refieres?

—A veces, cuando estoy triste o aburrido, mi mente se desliza hacia la tercera dimensión y veo personas como tú.

—¿Tú también puedes ir a otras dimensiones?

Pero el demonio no contestó. Estaba viendo al cielo.

—Comienza a llover —anunció, zumbando sus alas por encima de su cabeza.

Gotas de lluvia cálida golpearon mi rostro.

—¿Me puedo meter contigo bajo tus alas?

—Ahora no. Tienes que irte a casa.

El mundo comenzó a centellear y a derretirse sobre sí mismo, como una pintura de distintas tonalidades de verde y dorado, dando vueltas más y más rápido. Empecé a sentirme mareado y cerré los ojos.

Cuando el mundo dejó de girar, las gotas de agua cálida aún caían sobre mi rostro. Abrí los ojos y vi a mi mamá llorando encima de mí.

—¿Y papá? —le pregunté—. ¿Me trajo a casa?

—Sí, cariño —me dijo, pero no me vio cuando lo hizo—. Te trajo a casa y luego se tuvo que ir.

—Ah. ¿Cuándo regresará?

—No lo sé.

Mi papá nunca regresó, y pasaron años antes de que descubriera que ese día se había suicidado. Por la mañana, le había dejado una carta a mi mamá explicando que pretendía llevarme con él y tirarse conmigo frente al tren. Mi mamá encontró la carta cuando llegó a casa del trabajo, y llamó a la policía, pero fue demasiado tarde para detener a mi padre. Los testigos dicen que, justo antes de que brincara, yo me solté de su agarre y salí corriendo, desmayándome enseguida. Pero uno de los testigos, un niñito de mi edad, dijo que vio que algo me agarró de la mano y me alejó del tren.

Dijo que fue una criatura monstruosamente alta y peluda, con alas negras curtidas y el hocico de un oso hormiguero.