Comenzando a despertarse, rueda una pupila vidriosa en mi dirección, mirando sin entender. Abro su boca y coloco un bocado en el interior; ella empieza a masticar estúpidamente, como una vaca con su bolo. Traga.

Otro bocado. Mastica. Babea. Traga. Más.

Es una chica hambrienta, ¿no, amigos?

Yo también me robo algunos bocados, por supuesto. La carne jugosa casi se derrite en mi boca. Muerdo un bocado y lo chupo, dejando que el sabor se arrastre por mi lengua. Tan jodidamente suculento.

Necesito saber que ella lo está digiriendo, que el ácido en su estómago lo está descomponiéndolo a un nivel molecular para absorberlo dentro de sí misma.

Entre los dos, nos comemos toda la puta cosa.

Saco una jeringa y la entierro en su abdomen. Ella reacciona casi al instante, echando su cabeza hacia adelante y viendo por la habitación con ojos que ya no están apagados.

Baja la mirada a su pecho y la comprensión la inunda de inmediato. Chilla. «Ay mieeerdaaaaaa», grita, y es como hielo goteando por mi médula y cosquilleándome el culo como la lengua de un cerdo. Contempla, horrorizada, los muñones en donde solían estar sus brazos, aleteando lo que queda en un esfuerzo fútil para recuperar el control.

Se da cuenta de que su vida nunca volverá a ser la misma.

Espero a su siguiente grito, y no me decepciono. Cuando desvía la mirada y ve que tampoco queda nada de sus piernas más que protuberancias, su desesperación toca un nuevo fondo. Los gritos se disuelven en un gorgoteo miserable. Comienza a aceptar el hecho de que se fue a dormir como una persona completa, pero que despertó como nada más que una cabeza con torso.

Me mira con una expresión que se encuentra entre la súplica y el enojo.

—Por favor, arréglame —lloriquea, babeando sobre su mentón—. Ponme devuelta mis brazos y piernas.

Me ve tanto como su torturador como su última esperanza. Gran contradicción.

—No puedo —digo simplemente.

Su cabeza se tambalea peligrosamente antes de reenfocarse en mí. Me río mientras observo cómo lucha por reaprender el concepto del balance sin sus extremidades.

—¿Por qué no? —Está tratando de sonar firme en vez de aterrada. Está fallando.

—Pues, cariño, ¿qué crees que acabamos de comer? —No escondo mi sonrisa.

Mira alrededor y se percata por primera vez de los huesos en el piso. Dos fémures, completamente limpios. Pares de tibias, peronés, húmeros, radios, cúbitos y un montículo de huesos de manos y pies. Lo entiende. Entiende lo que pasó.

Grita de nuevo. No lo soporta.

Es este momento, el último grito, lo que estaba esperando. Tan gutural. Tan primordial. Tan humano. Se está dando cuenta de que quiere morir, terminar con todo y librarse de los recuerdos, y se está dando cuenta de que no puede. Estará a mi disposición por el tiempo que yo quiera.

Y no será poco.

  • Ya lo dije… esta aprovechando la proteína…

    Tantos cadáveres sin aprovechar…

  • Vaya que tengo un gusto por la tortura que se le puede efectuar a un ser vivo. Me encanta encontrar las que se han hecho a lo largo de la historia, y ésta también me ha gustado muchísimo; particularmente por la descripción y gozo del torturador.

  • Qué rica sensación… El entender lo que pasó.

  • Me siento muy viva, me encantó el imaginarme como el malo de esta creepy, ya que no sé que lo llevo a hacer lo que ahora hace y porqué ella fue la escogida. Esta creepy es hermosa y como no hay contexto pero si presente en el que un psicópata disfruta martirizando a su victima mediante el corto periodo de tiempo en el que despierta y se va adentrando en su nueva y miserable vida, alimentada con su propia carne, horrorizada por su presente y suplicando por su final lo cual es más que claro que no llegará pronto. ¡¡¡Me siento impregnada de locura!!!

  • Creo que esa noche, no durmio…

    Entiendes la referencia? Xd

  • Cuando la muerte no está a tu alcance y solo esperas que pase, que desesperación