Lo que indignaba a Elena de su esposo Roberto era su entusiasmo imparable. Nada lo desanimaba. Era un Ned Flanders de la vida real, con su propio lema irritante: ¡Dios ama a quienes lo intentan!

Cuando el techo pobremente construido del cobertizo de Roberto se vino abajo durante un viento fuerte, corrió afuera para arreglarlo; y cuando otra gran ráfaga colapsó el techo de su vivero ensamblado costosamente, Roberto solo se encogió de hombros y rio. «¡Dios ama a quienes lo intentan!», musitó y comenzó a barrer cinco mil dólares en vidrio roto mientras Elena lo veía con una gran copa de vino.

Y cuando su curso en línea para Hacer dinero con las redes sociales resultó ser una simple estafa que terminó de drenar los ahorros de la pareja, Roberto se disculpó con su esposa, suspiró, sonrió y recitó esas palabras estúpidas que hacían a Elena más homicida cada vez que las escuchaba. Se hundió en otra gran copa de vino con pensamientos nauseabundos rodando en su mente.

Esos pensamientos formaron una estructura tan sólida como la Gran Pirámide el día que Elena mandó a Roberto a la tienda con uno de los escasos y preciados billetes de veinte dólares que poseían, pero en vez de regresar con los víveres, llegó a casa anunciando orgullosamente que le había entregado el billete a un joven encantador que estaba pasando una mala racha. «Descuida, cariño», dijo Roberto con aplomo. «Me prometió regresarme el doble cuando le llegue un cheque que le deben».

Lo que orilló a Elena a poner en práctica su plan perverso no fue este último acto de imbecilidad, ni que despidieran a Roberto de su trabajo dos semanas después. No, fue el hecho de que su madre había tenido la razón sobre Roberto. Ella le había advertido que Roberto era un perdedor que la llevaría a su perdición. Y Elena tenía una determinación desesperada por no darle la razón a su madre, pues Elena tenía su orgullo. Era lo único que tenía, además del seguro de vida cuantioso a nombre de Roberto.

Así que el próximo día húmedo y ventoso, Elena mandó a Roberto al techo porque «esas baldosas tilitantes no se repararían solas». Efectivamente, Roberto se cayó, quebrándose la mayoría de los huesos en el patio de la casa. Apenas con vida, fue capaz de susurrarle aquellas palabras a su esposa para consolarla, aunque la mente de Elena estaba ensimismada en todos los vinos finos que la vida de Roberto valía. Así que lo ayudó a cruzar a la siguiente vida con un tablón pesado de madera.

Pero su satisfacción de silenciar por siempre el lema preferido de Roberto fue arruinada por los gritos del joven que había visto a Elena ejecutar a su marido. Un joven encantador, con cuarenta dólares en su bolsillo.


  • Esperaba que cuando la tipa estuviera ayudando a flanders este le susurre «Dios ayuda a quienes lo intentan» y la asesine….no se xdxd