El doctor Schneider repasó el informe.

Samuel Cox, asesino en serie. Siete víctimas confirmadas, dos víctimas posibles. Siempre niños o adolescentes. El tratamiento ha sido totalmente efectivo. El chequeo final se muestra a continuación.

Hoy sería el logro culminante del trabajo de toda su vida. Treinta años invertidos en descifrar la mente trastornada. Solo hacía falta un último chequeo para confirmar que Sam había sido reformado y estaba listo para reincorporarse a la sociedad.

El doctor se sentía afortunado por haber tenido acceso a Sam antes que la policía. Con demasiada frecuencia, la ley no les hace ningún favor a los sujetos como Sam.

Schneider entró a la celda. Incluso si el tratamiento no había sido verdaderamente eficaz, Sam estaba atado del cuello, muñecas y tobillos. El doctor siempre verificaba la firmeza de las ataduras antes de cada paciente nuevo.

Ahora solo faltaba la entrevista.

—¿Tu nombre es Samuel Cox?

Sam asintió, con pesar.

—¿Volverás a matar por placer?

Sam negó con la cabeza rígidamente. Sus ojos se humedecieron.

El doctor registró la conducta.

—¿Volverás a torturar por placer?

Sam continuó sacudiendo su cabeza, cepillando su cuello contra el interior del grillete. Las lágrimas caían por sus mejillas.

—¿Volverás a matar?

Sam se dejó de mover. Asintió una sola vez, sonriendo.

El doctor bajó su lápiz.

—¿Cuándo volverás a matar?

Sam finalmente habló:

—Cuando me lo pidas.


  • Doctores vergas chingadamadre!

    Ese vato es la ley, ahre!