El Diablo no se parece en nada a como las personas creen que es.

No tiene una barba de chivo, ni tridente o cola. No tiene ningún traje rojo ni ojos fulminantes.

Es un hombre feo y encorvado, despeinado y andrajoso. Prefiere un traje gris o negro deshilachado, polvoriento por la edad. Si te cruzaras con Él en la calle, no lo mirarías dos veces.

La primera vez que nos encontramos, yo acababa de terminar mi trayecto desde mi hogar hacia el Nuevo Mundo. Estaba siguiendo a un herrero. No. Estaba siguiendo a su hija.

El Diablo me ofreció que podía tenerla. Que me amaría hasta el día de mi muerte.

Le dije que no tenía necesidad alguna de sus trucos. Que podía ganar el corazón de ella por mi propia cuenta.

Y lo hice.

Pero su padre… quería una mejor vida para su hija. Mis trajes no eran mucho mejores que los del Diablo, y a pesar de que había sido un practicante exitoso de Leyes en mi antiguo hogar, prácticamente había sacrificado cada centavo que tenía para llegar ahí, y nadie conocía mi nombre. El único trabajo que pude conseguir fue de asistente.

El herrero llegó a mi vivienda lamentable una noche cuando la niebla se avecinaba desde el mar. Sembró su martillo en mis manos y piernas y me dijo que si me volvía a ver cerca de su hermosa hija… pues, hay maneras de convencer a un hombre cuando tienes acceso a forja y tenazas.

La siguiente vez que vi al Diablo, le dije que aceptaría su propuesta.

—Ya no está disponible —me dijo con un indicio genuino de tristeza en su voz—. El amor de la mujer ya te pertenece.

Ahí, mi corazón se hizo pedazos.

—Pero existe algo que puedo ofrecerte. Algo que podría ayudarte.

Yo era un hombre con temor de Dios. Le dije al Diablo que no le vendería mi alma, pero que haría cualquier cosa que me pidiera.

—Mi niño, lo único que quiero es que seas feliz. No necesito nada de ti.

Cuando acepté, pude sentir que la fuerza regresaba a mis manos y piernas. Toda la que había perdido, y más.

Encontré al herrero. Me gruñó y agarró su martillo, pero ya no era el hombre débil que había maltratado hace años.

No me mantendría separado de mi amor.

Le arrebaté el martillo de las manos. Con una fuerza que ni siquiera el herrero hubiera podido amasar, le abrí la cabeza y lo vi morir en el piso.

Escuché un grito, y sentí un dolor agudo en mi espalda baja. Me giré y descubrí a mi amor, con sangre en el cuchillo que sostenía.

Mis rodillas colapsaron y me encontraba en el suelo. Busqué piedad, o lástima, o afecto en sus ojos brillantes. Pero impulsó el cuchillo sobre mí una vez más.

La tercera vez que vi al Diablo, lo comprendí. No opera como las personas creen, creando pactos y comerciando almas. No necesita hacerlo.

Me dio las herramientas para que yo mismo me condenara.

  • Qué mal, el diablo le dio todo para ser feliz y él lo hechó a perder! Retard :p

  • Bien me decías mi abuelita: más sabe el diablo por viejo que por diablo

  • Lo mejor de esta historia es que suena perfectamente como algo que haría el diablo.

    Muy buena historia!

  • Pobre chica… Para rematar el padre tenía razón… El. Pretendiente era todo un pendejo… «Mato a mi suegro, y mi amada corre a mis brazos»… Claro campeón… Y luego le echas la culpa al 👿 de tus pendejadas

  • Bien dice el dicho:
    Mas sabe el diablo por viejo que por lesviano jajaja

  • Novia: ¡Mataste a mi padre! Te amo
    Diablo: Rayos :v

  • Nosotros se lo dejamos fácil al Diablo, nos «auto-destruimos»