Ese día, los siete regresamos al campamento.

Habíamos salido temprano por la mañana. Hacía frío. Tuvimos una ventisca pesada la noche anterior.

Se suponía que sería una tarea sencilla. Los líderes del campamento habían obtenido el manifiesto de un almacén de distribución. Se nos dio un listado de las provisiones que necesitaríamos por lo que quedaba del año. Cada. Maldita. Cosa.

Ellos esperaron hasta que salimos del almacén con trineos saturados de productos, y nos golpearon con su melodía. Conocíamos bien el protocolo. Apenas la escuchamos, nos pusimos los auriculares. Todos menos Juan.

El gran bastardo había dejado caer su equipo. Escuchó más que suficiente para perder el juicio, pero, por suerte, Juan no es del tipo que se pone a embestir todo lo que ve cuando cae en el trance.

Carmen estaba más cerca de él, y pudo noquearlo rápidamente con un sedante.

Entonces abrieron fuego con sus ametralladoras, disparando estratégicamente. Solo querían herirnos. Querían carne viva.

Estuvimos media hora con nuestras cabezas enterradas en la nieve, disparándole a todo lo que se moviera, antes de que el sedante se gastara y Juan volviera en sí. Salimos corriendo —tuvimos que abandonar las provisiones— y ellos nos persiguieron por todo el camino de vuelta, disparando sin escatimar balas.

Nunca los había visto usar armas. Me imagino que se les ha hecho muy difícil encontrar comida decente desde que aprendimos a bloquear su melodía. Phill me advirtió que esto podría suceder. Me dijo que no son estúpidos. «Pueden invadir nuestras mentes y destruirnos desde adentro si se les da la oportunidad».

Puedes sentir su canto, incluso si no puedes escucharlo. Tus dientes vibran, tus articulaciones duelen… es como si tus huesos se incendiaran. Phill me dijo que la última vez que su equipo se los encontró, pudo jurar que había visto a su hermana entre los escombros, saludándolo y llamándolo.

Su hermana había muerto cuando lanzaron las bombas. Había estado muerta por diez años.

En fin, regresamos al campamento y gritábamos que nos dejaran entrar. Podíamos ver que el campamento estaba en alerta máxima, y todos disparaban hacia los edificios en ruinas tratando de matar a los que nos habían seguido. Pero no nos querían dejar entrar.

Eso me hizo enfurecer. Acababa de sacar a mi equipo de un puto desastre, todos con vida, todos a salvo. Demandé que nos abrieran. Fue entonces cuando usaron las pantallas para mandarnos un mensaje.

No pude creer lo que estaba leyendo. Les puedo decir el nombre completo de cada hombre y de cada mujer en mi equipo. Les puedo decir su color favorito, lo que les gusta, lo que no, ¡lo que los excita, joder! Podría contarles la historia de vida de cada uno de ellos. CONOZCO a estas personas. Hemos estado juntos por diez violentos años.

Ese día, los siete regresamos al campamento.

Pero solo éramos seis cuando salimos.


  • Salieron seis, volvieron siete, seguramente fue la inflación

  • Gran aprieto eh.
    Excelente historia Crío Creepy.

  • Yo pensando en Rodolfo el reno… Por aquello de trineos y melodías jaajajajj

  • Faltaron muchos detalles, fueron muchos cabos sueltos. 💔

    • Él que cuenta la historia es el infiltrado, ya que manifiesta que CONOCE todo lo de sus compañerod, la vida, gustos y hasta que los exita, lo cual es extraño, como que esas cosas ingresan en la memoria aun sin escuchar uno la melodía y además él como va a saber lo que se siente que invadan la mente pues lo vivió.

  • Pues que esperaban despues de estar Juntos por 10 años??? A alguien le fallaron las cuentas jajaja

  • Esa melodía manipula el pensamiento de los miembros del grupo, haciéndoles creer que eran 7 inicialmente… 🤔
    ¡Qué buena trama enserio!

  • Pense que era una historia oscura sobre la esclavitud en la que viven los duendes de Santa xD

  • wow, no sé que decir todo esto es tan confuso, me imagino a los renos… tantos cabos sueltos