Mi tía Casandra era una artista de la estafa y aprendió del mejor: su padre. Mi abuelo nunca hizo una fortuna, pero el engaño era su vida. Que haya mantenido un perfil bajo fue la razón por la que nunca lo arrestaron. Se enorgullecía de eso.

Mi mamá no adoptó el negocio de la familia. Escogió la religión y se casó con un contador. A lo largo de mi infancia, los parientes más pintorescos de mi madre se mantuvieron a un brazo figurado de distancia, por temor de que me incitaran a seguir caminos más interesantes.

Mi tía Casandra fue la única que pudo escabullirse en mi vida. Se había licenciado como psicóloga, lo que la hacía más respetable. Pero mi tía usaba su habilidad para leer personas de una manera completamente diferente, una que probablemente no fue prevista por la universidad que le extendió su título.

Mi tía era una vidente auténtica. Tenía su tienda con cristales, hierbas y candelas. En ella podías comprar lo que fuera que necesitaras para llenar el vacío místico de tu vida, por un precio razonable. Incluso había una habitación privada en el fondo que usaba para lecturas y sesiones de espiritismo.

Mi tía me ayudó a convertirme en el escéptico que soy ahora. Solíamos ver programas matutinos de magos y psíquicos, y mi tía me explicaba cada paso del proceso, desde las lecturas en frío hasta la manera de identificar a un cómplice en la audiencia.

Después de un episodio particularmente convincente, hice la pregunta más natural: ¿qué tal si una parte de ello es real? La respuesta de mi tía fue firme.

«Los muertos no hablan, chico. Cualquiera que diga lo contrario te está metiendo el dedo en el culo».

Fue su convicción, más que nada, lo que me hizo creerle.

Al final nos descubrieron. Quise montar un espectáculo de magia para mis papás, y estúpidamente pensé en hacer una rutina de vidente donde pretendía hablar con mi abuelo, porque mi mamá lo extrañaba mucho. Se puso como loca y me prohibió volver a ver a su hermana.

Pero había dejado unos libros de texto en la tienda, así que tuve que entrar a recogerlos mientras mi mamá echaba humo en el auto. Mi tía ni siquiera me tuvo que preguntar lo que pasaba. Después de todo, podía leer mi rostro. Le di un abrazo y me despedí entre mocos y lágrimas. Pero me contó un último secreto.

«Chico, hay una maldición en esta familia que se pasa como antorcha. Le ruego a Dios que no te la pase a ti cuando me vaya».

No volvimos a hablar por más de nueve años. Para entonces, Facebook había entrado a la burbuja social y ninguna prohibición paternal impediría que me reconectara con mi tía.

Fue incómodo al principio. Le había tocado una vida dura: le diagnosticaron cáncer y tuvo que trabajar legítimamente para pagar su montaña personal de deudas. Y al sacrificar su negocio, todo su entusiasmo y pasión carismática por la vida se perdieron.

Un día, llegué a casa y me encontré con un mensaje que me hizo un nudo en la garganta.

«Te amo, chico».

Marqué su número. No hubo respuesta, pero no evitó que llamara una, y otra, y otra vez…

Me sentía demasiado abatido como para contárselo a mis padres. Pero la policía lo hizo de todas formas. Suicidio por ahorcamiento.

El funeral fue un borrón.

Parientes que nunca había visto en carne y hueso llenaban la iglesia.

Me senté con mis padres en la fila de adelante.

Seguimos el coche fúnebre hasta el cementerio.

El cura dijo unas palabras. Fragmentos de la conversación de mis padres flotaban dentro y fuera de mi atención.

«…que viniera tan poca gente. Es una lástima».

¿Poca gente? Eso me extrañó. El funeral se había llenado a más no poder. Me giré para decir algo, pero finalmente caí en cuenta.

Detrás de mis padres había una multitud de personas, todas de pie y viendo hacia enfrente. Mis padres no les estaban prestando la menor atención. El cura murmuró un último pésame y se excusó, caminando a través de la muchedumbre sin perturbar a una sola alma.

A la cabeza del grupo estaba mi tía Casandra.

Ni todos los «que en paz descanse» del mundo le hubieran servido de algo. Su boca estaba abierta de par en par, y eso me bastó para entender, incluso si no podía escucharlos.

Sé cuál es la maldición de mi familia. Sé por qué los muertos no hablan.

Están muy ocupados gritando.


  • Me recordó al creepypasta del abuelo que creó unos lentes y detrás de estos se veían personas (si no mal recuerdo) que hablaban pero no se escuchaba qué decían ;-;.
    Me encantó este creepypasta♡ aunque me tortura la idea de… ¿Por qué?.

  • La maldicion es ver a los muertos sufriendo? Tiempo el abuelo y lo lentes

  • Qué tal si la tía era una de las pocas que estaba viva y por eso a ella si la dejaron acercarse.
    La madre también sabe de la maldición, por que no le gusto que su hijo jugará con eso

  • Me pregunto que gritaran y que le iba a decir la tia.

  • La vieja lesbiana 😂😂😂😂😂 dice:

    Pobre de la tía Casandra cuando le toque alimentar al cerdo 😯😯😯😯

  • Me quedó la duda si todos los que asistieron a la misa estaban muertos, ya que el cura dice «Lamento que no haya asistido mucha gente» 🙄