El príncipe se desmontó de su caballo, se ajustó la corona y contempló su destino con admiración al extremo opuesto del río: una torre gris, solitaria e imposiblemente alta se erigía desde una pradera. En la cima de la torre yacía una ventana, la única entrada visible. Dentro de esa ventana, la famosa Princesa Rapunzel esperaba su rescate.

Cuando el Príncipe pasó su atención hacia el río ante él, una línea de rocas se comenzó a alzar de la corriente profunda, formando una cresta que servía como puente improvisado. Con una sonrisa, empezó a dar brincos por las rocas húmedas. En tanto cruzaba, notó que el fondo del río brillaba y destellaba, pero estaba difuminado por la corriente.

Tras saltar a suelo seco desde la última roca, el Príncipe trotó a la base de la torre y, sosteniendo manos ahuecadas sobre su boca, gritó: «¡Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu cabello!».

Una columna de cabello rubio se disparó desde la ventana en lo alto, descendiendo en cascada elegantemente cuales hilos de seda dorada. Terminó a una distancia perfecta, con las puntas acariciando las botas polvorientas del Príncipe.

Con un carraspeo, colocó un pie contra los ladrillos grises y agarró el cabello para empezar a escalar. Pero apenas sintió los hilos suaves en sus manos, el cabello comenzó a retraerse, levantándolo consigo.

«¡Qué fuerza, bella mía!».

Su caballo, el río centelleante y el mundo debajo se encogieron a medida que el amparo de la ventana se acercaba. Deleitándose por su fortuna, el Príncipe recitó la introducción que había practicado durante el largo trayecto, imaginando el abrazo cálido de su damisela enamorada.

Cuando el paseo gentil entre los mechones amarillos se acercó a su final, el Príncipe notó una torre de altura similar que sobresalía de un bosque espeso en la distancia.

Entonces fue arrastrado dentro de la ventana.

El Príncipe se puso de pie y aclaró su garganta: «Dulzura mía, tras incontables peligros…».

Era una habitación roja con un piso húmedo y suave. El Príncipe observó cómo el cabello dorado se perdía de vista por la fisura de una esquina. Escuchando el sonido de piedras siendo trituradas, se dio la vuelta para ver que la ventana se estiraba como una boca gigante, y luego se cerró.

Horas más tarde, un retumbo y un sonido de escupitajo provinieron desde la cima de la torre, seguidos de una salpicadura en el río. La corona del Príncipe, ligeramente torcida, se hundió al fondo entre la colección reluciente de las demás coronas.

  • Que bella historia, ya la quiero ver animada.