Mi hijo no dejaba de llorar.

La casa parecía temblar con cada grito que él profería desde su habitación. Yo me encontraba en la sala de estar, tratando de calmarme. Las personas te advierten de los tiempos difíciles, pero nunca puedes asimilarlo hasta que te conviertes en madre.

El sonido era un rallador de queso contra mi tímpano. Era por la naturaleza aguda del llanto. Tan malditamente desesperado. Tan necesitado. Ya no me sentía como una persona individual. Era la anfitriona de ese jodido parásito. Ese revoltijo asqueroso de células que casi me abrió por mitad cuando lo parí.

Alguna vez lo amé. En serio lo hice. Me esforcé demasiado para darle lo mejor. Lo dejaba dormir en mi cama. Lo mecía de atrás hacia adelante, con su cráneo pesado apretando mi cuello como una soga. Él vomitaba por todos lados. Su digestión siempre estaba en mi ropa o en el piso. Nada se sentía limpio.

Los gritos continuaron, pero no volví a ver la grabación. En cambio, encendí el televisor y busqué alguna caricatura para distraerme. Subí el volumen al máximo. Quizá las voces rechinantes de los animales dibujados ahogarían su maldito berreo. Pero solo lo empeoraron. La señorita ratón sonrió e hizo un pequeño baile mientras los animalitos varones observaban y aplaudían. Lo apagué.

De pronto, alguien llamó a la puerta. Me congelé. A pesar de que detestaba su llanto, no quería ir a revisar a mi hijo. Ni quería que nadie más lo hiciera. Solo quería que se pudriera en su habitación y llorara hasta que sus débiles cuerdas vocales se desmoronaran.

Pero podía ser la policía. No podría esconderlo por mucho. Al haber ignorado su llanto, pude empeorar la situación. Ese maldito bastardo. Ese desperdicio de óvulos y esperma.

Me levanté lentamente, alisando mi vestido. Caminé hacia la puerta. Con un respiro hondo, me asomé por la mirilla. ¡No era la policía! ¡Era Arianna, que había regresado de la escuela!

Debí de haber perdido la noción del tiempo.

Abrí la puerta entusiasmadamente y la acogí en mis brazos. Se sintió muy bien contra mi piel. Tan viva y saludable. Retrocedió y bajó su mochila al suelo.

—¿Por qué estaba cerrada la puerta?

—Solo por seguridad, cariño —le dije dulcemente—. Hay algo que debo mostrate.

—¿Qué? —Se veía preocupada.

—Vamos arriba.

Agarré su mano en la mía. Los gritos de mi hijo eran más leves, pero todavía muy audibles. Arianna se veía asustada. Sus deditos se aferraron con fuerza a mi mano. Subimos las escaleras y entramos a la habitación mohosa de mi hijo.

Él yacía en su cama cubierto en su propia sangre. El disparo de escopeta había revelado sus intestinos, pero no lo había matado. Alzó su mirada para vernos con ojos casi inertes. Los dedos de sus pies habían sido cercenados, alineados cuidadosamente en la mesita de noche. Sus manos mantenían sus órganos dentro de su cuerpo.

Una sonrisa se extendió por mi rostro. Arianna ya no se veía preocupada. Me volteó a ver y sonrió.

—¿Tú hiciste esto, abuela?

Besé su frente.

—Vi el video que tu padre grabó. Lo que te hizo no fue tu culpa.

El llanto había terminado casi completamente. Ahora solo eran gimoteos pequeños.

—Nunca te volverá a lastimar.

La maternidad no siempre es fácil. A veces tienes que hacer cosas que lastiman a tu hijo.

Por otro lado, ser abuela es simple. Arianna es la única cosa buena que esa masa de carne inservible le entregó al mundo. Y planeo mantenerla a salvo.