He sido paramédico casi por una década. Me uní al departamento a comienzos de 2009 apenas terminé la universidad. Había sacado algunas clases para certificarme como enfermero, pero luego me di cuenta de que trabajar en una oficina no iba conmigo. Resultó que estabilizar víctimas de trauma en la parte trasera de una camioneta era más mi estilo.

Nunca olvidas tu primer recorrido. El sentimiento es comparable a perder tu virginidad, excepto que típicamente no es una experiencia grata. ¿Mi caso? Accidente automovilístico. Un camión de dieciocho ruedas había embestido a un Chevrolet Cobalto rojo. El camión estaba prácticamente intacto, apenas tenía un rasguño. El Chevrolet era otra historia. La chica detrás del volante se quiso desviar para evitar el choque y su auto se volteó de costado, raspando el asfalto hasta colisionar con la barandilla de la carretera.

Llegamos unos diez minutos después de que hicieran la llamada, yo y mi compañero de turno, Miguel. Migue era y sigue siendo un gran sujeto, a veces con un humor mórbido, pero en nuestra línea de trabajo es algo que aprendes instintivamente.

Mientras corríamos hacia lo que quedaba del Chevrolet, vi algo que me heló las venas. Recostada a un lado de la carretera, a casi veinte metros de donde el coche se había detenido, estaba la conductora. Incluso desde lejos, me daba cuenta de que no sobreviviría. Su mandíbula inferior era un desastre machacado y podía ver el destello blanco de hueso asomándose de un antebrazo y ambas rodillas. Fracturas expuestas, sin duda.

—Por Dios —dije, asombrado por la distancia que había recorrido—. ¿Cómo mierda se…?

—Para eso es el cinturón de seguridad. Lo último que quieres es salir de cabeza por el parabrisas cuando vas a noventa kilómetros por hora.

Las palabras de Migue me golpearon aún más fuerte cuando nos acercamos y vimos que la chica estaba viva.

Dudo que alguno de ustedes sepa qué tipo de sonidos horríficos salen de una boca que básicamente se ha reducido a una masa de carne picada. La chica semiconsciente nos llamaba con un gorgoteo húmedo y adolorido, mezclado con una exhalación involuntaria no muy diferente del jadeo asmático.

En segundos, la habíamos montado en la camilla y Migue la llevó a la ambulancia. Con heridas como esas, tendría que ser alimentada con una pajilla por el resto de su vida corta y agonizante.

Pero eso no fue lo que me afectó. Lo que me afectó fue cuando revisé el Chevrolet. Había un rastro de sangre mezclado con pedazos de materia cerebral y fragmentos de cráneo, que comenzaba desde donde el auto se había volteado y terminaba en la ventana trasera del asiento del pasajero. Pensé lo peor casi inmediatamente y corrí al auto.

Fue entonces cuando escuché el llanto. Resultó ser que la chica al volante era una niñera. Llevaba dos niñas pequeñas en la parte trasera, pero solo tenía espacio libre en un asiento. La muy estúpida había sentado a la menor encima de la mayor y las hizo compartir el cinturón de seguridad. La ventana abierta hizo el resto.

Tuvimos que abrir el techo del auto para sacar a las niñas, y cuando me asomé por el agujero, algo murió en mí.

La niña sobreviviente tenía el cadáver decapitado de su hermana sobre su regazo y estaba abrazando el cuerpo como si su vida dependiera de ello. Me miró por el agujero con un nivel de angustia que ninguna niña de cuatro años debería ser capaz de comprender.

La saqué del coche con lágrimas en mis ojos y le dije que todo estaría bien, que la llevaría al hospital y luego a su casa, con sus padres.

Mientras la cargaba en mis brazos hacia la ambulancia, finalmente habló:

—¿Por qué dejamos a Verónica? Señor, es mi hermanita, está herida. Por favor, ¿no puede ayudarla?


  • Este crepy me hizo llorar 😭
    Pobre niña 😭😭😭

  • Es de las pocas creepys que me hacen estremecer de dolor, pobre niña. Realmente no imagino el dolor o impresión que sintió mientras su cabecita se embarraba en el pavimento.