En un principio, cuando mi esposa y yo nos enteramos del embarazo, estábamos encantados. Fue algo que habíamos querido por muchos años.

Pero con el pasar del tiempo nos empezamos a preocupar. Las visitas médicas revelaron que nuestra hija crecería con severas discapacidades físicas y de aprendizaje.

Mi esposa y yo lo discutimos por mucho tiempo y, a pesar de nuestras creencias religiosas, sentíamos que la terminación era la decisión correcta.

Sin embargo, doctor tras doctor se negaba a realizar el procedimiento. «No es posible a estas alturas». «Las leyes estatales lo prohíben». Tuvimos que recurrir a profesionales menos reputados que estuvieran dispuestos a ayudarnos. Y aunque encontramos dos, el precio excedía lo que podíamos costear.

Al final, después de que mi esposa cayera en una depresión profunda, y cuando habíamos explorado todas las demás opciones, nos decidimos por una solución extrema.

Con mi experiencia militar en medicina, concluimos que yo debería realizar el procedimiento. Nos tomó un tiempo, pero decidimos correr el riesgo.

Respiré hondo, me puse los guantes y entré a la alcoba. Abriendo su único ojo, mi hija me saludó y me sonrió mientras le inyectaba la anestesia y ponía una almohada sobre su rostro.


  • El título en realidad dice la verdad de la situación..

  • Con razón decían que a esas alturas ya no se puede. T_T