Nadie en ese pueblo respetaba a Harry. Pero todo cambió con un simple ingrediente.

A nadie nunca le agradó Harry cuando era un niñito rechoncho en el patio de recreo, o cuando era un niño todavía más gordo en la escuela secundaria. Ciertamente no le agradó a nadie cuando se salió del colegio para matricularse en una escuela de cocina. Nadie te hubiese creído si les dijeras que un día lo iban a venerar.

Nadie sabe adónde se fue Harry por varios años. Pero cuando regresó, había abierto un restaurante en el centro del pueblo. En cuestión de un año, era lo único de lo que las personas hablaban. Todos comían ahí. Pregúntale a cualquiera y te dirá por qué:

«El Comedor de Harry tiene la mejor pinche comida. ¡Así de fácil!».

En verdad lo era. A las personas les encantaba. La comían por montones. Desayuno, almuerzo, cena. Harry, Harry, Harry. Se volvió una obsesión. Algunas personas comenzaron a acampar afuera con tal de ser las primeras en la fila durante el desayuno. El comedor de Harry se volvió tan popular que sacó del negocio a los demás restaurantes del pueblo; pero a nadie le molestó mucho. Incluso quienes trabajaban en aquellos lugares empezaron a comer donde Harry.

Eso solo fue el comienzo. Las personas amaban tanto su comida que hacían cualquier cosa por Harry. Una mujer cambió a su bebé por un mes de comida gratis. Harry hizo que un hombre matara a su mejor amigo, solo porque podía. No pasó mucho antes de que tuviera un pequeño batallón que haría lo que fuera… solo por una probada de lo que cocinaría después.

Hoy por hoy, no queda mucho de ese pueblo. Aparte del Comedor de Harry, claro. Todos los hogares están raídos y descoloridos. La grama crece sin control y la basura se acumula en las aceras. Los últimos habitantes merodean las calles aturdidos, esperando su próxima comida. A Harry incluso le dieron acceso a la sirena de tornados. Sus lamentos indican cada festín.

Por la noche, esa ruina de ciudad se regodea en la luz neón del letrero del restaurante. El nombre de Harry mira por encima de sus súbditos orgullosamente; todo un reino que le pertenece.

Que se merece. Después de todo, realmente tiene la mejor pinche comida. Así de fácil. Pero no es por la sal, la pimienta o la paprika. Tampoco es por el queso ni la mantequilla. Ni siquiera es por la carne fresca que usa.

Es por la heroína que le inyecta.