He estado experimentado lagunas mentales por casi un año, pero nadie se ha dado cuenta.

La primera vez fue en la fiesta del cumpleaños dieciséis de mi primo que mi familia organizó. Su papá le había comprado un Blu-Ray de una película de terror que le encantaba, y todos decidimos verla ya que solo mi primo la había visto. Yo estaba muy emocionado por la película, pero me quedé dormido apenas comenzó.

Desperté para los créditos finales. Todos hablaban de la película y mi primo comentó que nadie la había disfrutado más que yo; en ese momento asumí que estaba bromeando. Por varios meses más, tuve la impresión de que simplemente me estaba quedando dormido en momentos extraños.

Mi perspectiva cambió la vez que me desmayé en una clase de Geografía, y al despertar vi que mi libreta tenía todos mis apuntes de la clase. Era como si no me hubiera ido en realidad, sino que había pasado a piloto automático. Esa noche traté de hacer un recuento de todos los momentos en que había perdido el conocimiento para descubrir pistas sobre la causa. Pero me terminé desmayando, y cuando desperté, no pude encontrar la libreta que había usado para escribir mis recuerdos.

Me pasó lo mismo siempre que intentaba dejar constancia de mi situación. Incluso traté escribiendo en mi brazo, y cuando desperté todo había sido borrado. Era como si el fenómeno no quisiera ser comprendido.

Pero seguí repasando mis recuerdos hasta que finalmente descubrí el patrón. Era simple y cruel: me estaban arrebatando lo que se sentía agradable. Momentos de ocio, mis pasatiempos, hasta mis comidas. Me quedaba con los beneficios físicos de mis descansos forzados, pero me robaban las experiencias. Mi hambre podía estar saciada tras haberme desmayado, pero habría perdido la oportunidad de disfrutar la cena. Darme cuenta de esto me hizo sentir miserable.

Y aunque estaba absolutamente convencido de que nadie me iba a creer, al final me derrumbé y le conté todo a mi primo mientras estaba de visita en mi casa. Le dije que estaba teniendo una crisis mental, y él prometió ayudarme. Llamó de inmediato a mis papás, y como no contestaron, salimos al cine donde estaban.

Cuando tomamos nuestros asientos en el autobús, me sentí tan aliviado que no pude contener las lágrimas. Por fin había buscado ayuda y alguien estaba ahí para apoyarme.

Entonces cerré los ojos, solo por un instante, y mi primo había desaparecido. Ya no me encontraba en el mismo autobús y era el único pasajero.

Noté que había algo escrito en mi brazo, con mi letra:

«Nunca lo encontrarán. No me obligues a hacerlo de nuevo».